miércoles, 20 de abril de 2011

Ensayos de cine / Viaje Redondo





VIAJE REDONDO

armando vega-gil


Allá van ellas, hermosas, inconclusas, vulnerable, rebeldes, débiles, poderosas. Rotas y de una sola pieza. Sabias. Dormidas de tan despiertas en los sueños diurnos de la vida. Son mujeres, mujeres jóvenes, con el futuro brotándoles de los poros incansable, con un pretérito tan reciente que todo parece presente. Allá van en busca del amor, de los restos del amor; del principio siempre renovado, siempre moribundo, inabarcable, inacabable, del amor.


Fernanda y Lucía.


Vienen de mundos distintos, ven sus mundos distinto. Aún así sus diferencias son correspondientes, complementarias, idénticas en su extrañeza; sumadas, equilibran el peso y el paso de las horas y los días. Buscan tesoros distintos, ajenos. No encuentran, no hallan pero buscan... Y se encuentran.


Lucía y Fernanda.


Van solas. Parece que van solas, pero su abandono es apariencia: el azar y lo inevitable giran como un tiovivo en torno de ellas. Planetas. Asteroides. Polvo estelar. Soles. Estrellas en la noche de los desiertos de Coahuila. Sequedad de Cuatro Ciénegas. La gravitación universal de los cuerpos femeninos agrupa los destinos de las que escapan de sí mismas para encontrarse a sí propias y volverse un cuerpo sólido, solidario: son hermanas sin haber emergido del mismo útero, son amigas sin siquiera conocerse.


Pero estoy hablando del final del viaje, del regreso. Y todo viajero, toda viajera parten del reposo y la agitación de lo inmóvil. Todo viaje ve de frente el vacío inquietante de lo posible y de lo que sabemos imposible. Deseamos lo que en la estática de la espera es una pura ensoñación. Ir a allá es comprobar, porque los sueños y los deseos se nos van da las manos, escapan como mariposas de primavera, y Fernanda y Lucía corretean tras sus alas. Y allá vamos, y con ellas saltamos al impostergable, al Viaje redondo.


En el principio, fue la oscuridad abofeteada por la luz intensa del desierto lo que las unió, ciegas. Y en el principio, desconfiadas una de cada cual, no se reconocían aún vueltas otras frente a la otra. Pero el profundo secreto incomprensible de lo femenino se revela en cada choque, en cada piedra del camino. Sí, porque cada acto, cada accidente, cada gota de sangre y cerveza, cada lágrima, cada sonrisa y toda rabia es una señal. El mundo está allí con sus guiños y sus alarmas, y Fernanda y Lucía comienzan la lectura de la vida, sus signos, sus iconos, sus palabras nunca dichas del todo. Las señales.


Y así, después del canto que ahuyenta a los coyotes y a los fantasmas, después de las danzas lúbricas que atrae el hambre corrompida de los galgos y los machos, ellas, Lucía y Fernanda se desnudan cuerpo a cuerpo, y derriban las mentiras que ya no las defienden del mundo como escudos de papel. Allí están, vulnerables, hermosas, irrepetibles. En su desnudez trazan estrellas y sirenas, flores y mares. La ternura es un paso a través de la carne. Y los cuerpos son uno y son dos.


Y esta parte del Viaje redondo termina en el comienzo de un nuevo camino en el jardín de los senderos que se bifurcan. Ellas no se volverán a ver. Ellas se han separado, pero no están rotas ni solas: se tienen de aquí a la eternidad. Se llevan los recuerdos en las maletas que hacemos antes de cada Viaje redondo. Lucía y Fernanda. Fernanda y Lucía. Van de nuevo en el camino, tras el amor que siempre termina y comienza en el eterno retorno.


Viaje redondo (México, 2009). Dir. Gerado Tort. Con Cassandra Ciangherotti y Teresa Ruiz.

lunes, 4 de abril de 2011

Ensayos de cine/Anticristo




ANTICRISTO

armando vega-gil


El tiempo no es un continuum suave, inalterable y elegante que atraviesa y eviscera la materia y la Historia para transformarla en un crecimiento multilineal que no es creación ni destrucción sino permanencia cósmica. No. El tiempo no es un flujo ininterrumpido de instantes que avanzan uniformes y a velocidad constante en un movimiento de expansión abierta través del espacio, como un abanico de luz que existe por sí misma en una lluvia de partículas sin conciencia de sí. No.


El tiempo es una violencia que revienta como olas apabullantes en los diques de la percepción humana y nos empapa irremediablemente con sus lágrimas sangrientas, de espuma o sal, sin perdón o redención. Sí. El tiempo es un tableteo de partículas incontrolables que se fracturan contra nosotros como los huesos de un niño que cae por una ventana y se aplasta contra el rostro duro de una banqueta contundente cubierta de nieve, nieve que cae (¿o flota?) en intervalos que vuelven sobre sí mismos, que se detienen en vacíos de terror con una lentitud densa y monocromática. Sí.


Slow motion.


Tiempo diegético que se bifurca en caminos que a su vez se bifurcan en sus propias intimidades paralelas, en el agua vaporosa que cae lento muy lento sobre los cuerpos de los amantes, del marido y la esposa que se devoran ajenos a la desgracia monstruosa de la muerte inevitable en un tiempo diferente y distante, segundos autónomos al de Ella, la mujer que grita en el cataclismo de su propio y aislado orgasmo. Tiempo viviseccionado en los ojos —ojos que no miran los minutos y las horas y los siglos— de Él, del hombre que se observa en el azulejo de la ducha de los cuerpos desnudos, cada cual a su propio ritmo irregular, polirritmia, polifonía, cada cual atento a sus transcursos ajenos y simultáneos.


Time lapse.


Tiempo elipsis tasajeado y vuelto a unir en la pedacería irregular de los símbolos que libran al relato de la vida de esos momentos muertos, de los intervalos de inacción que nos acompañan como rémoras de nada, huecos que se llenan con la médula de la tragedia o la maravilla de El Suceso en su esencia radical.


De pronto nada ocurre, todo es repetición vacua y el tiempo se elonga con una perversidad que es más bien la acumulación de una fuerza cinética que tarde o temprano reventará a toda furia. Y un segundo se vuelve eterno, y todo, todo ocurre en esa cápsula instantánea: los vectores de la desgracia y el milagro confluyen, y la liga suelta el chicotazo, y ya nada detiene los acontecimientos y todo ocurre, y el relato de los acontecimientos hace que un siglo, que la Historia de la Humanidad se comprima en un segundo. Tiempo real, tiempo diegético, tiempo elipsis.


En su monstruosa y alucinate película, Anticristo, Lars Von Trier vuelve el devenir de El Invencible, de El Incurable, una batalla tensa entre lo inminente y lo irreversible, de lo que está apunto de ser —en un avance del tiempo lleno de veladuras y revelaciones— versus lo que estuvo anclado en el secreto de una mirada corrompida en un viaje de maldad inexorable. El Ser y el Estar se congestionan en un sólo verbo multitonal: to be. El pasado se vuelve presente y el futuro transverbera en un éxtasis que regresa al pasado sin haber sucedido. La memoria y el presagio son los relojes rotos del ser humano, y ese tiempo enloquecido sin Edén es el Anticristo.


Anticristo (Dinamarca, Alemania, Francia, 2009.) Dir. Lars Von Trier. Con Willem Dafoe y Charlotte Gainsbourg.

lunes, 14 de marzo de 2011

Ensayos de cine/El gran Concierto/Permanencia Involuntaria






EL GRAN CONCIERTO

armando vega-gil


Para los diletantes, para los que somos puramente testigos asombrados de los sucesos artísticos, espectadores contemplativos, por lo general inmóviles, de las obras de arte terminadas o en proceso de concreción ante nuestros sentidos, nos es más fácil llegar a un estado de éxtasis provocado por la cosa que a sus propios creadores. La belleza como estado emocional inducido por ésta, el asco o terror que la cosa artística nos provoca, están sin duda en relación directa a su conformación interna, su apariencia concordante con el trasfondo, calidad, eficacia, originalidad, rigor, continuidad o ruptura con lo que le precede. Sí, pero hay un inasible, un chispazo inexplicable e irracional que nos atraviesa el corazón y el entendimiento y nos lanza de cabeza a un mareo de gozo o dolor, que conecta con un recuerdo o una esperanza, con un deseo vivo o muerto, y que tienen que ver con las profundidades espirituales, intelectuales y físicas del artista, que lo desnudan ante nosotros o lo ocultan cuidadosamente, pero que durante la creación de la cosa se van alejando de la emoción catártica que la animó. Un pintor puede estar semanas, meses o segundos sobando con sus pinceles su obra, concentrado en un proceso puramente técnico, repetitivo, ajeno a emoción alguna: limpia sus espátulas, traza proyecciones de perspectivas, distribuye la composición en regiones áureas con regletas, mezcla pigmentos. Chagal, luego de un largo trabajo frente al lienzo, termina Los amantes de la Torre Eiffel, satisfecho, cansado, con los dedos llenos de óleo, lo cuelga en un muro y, cuando los espectadores lo vemos, nos echamos a llorar o desfallecemos como en el síndrome de Stendhal, sin saber bien a bien qué fibras nos tañe.


Cuando Tchaikovski escribió su Concierto para violín y orquesta en Re mayor, debió trazar un esquema melódico y armónico preciso, ajustado a un modelo académico de alto rigor formal, para luego hacer una orquestación minuciosa donde aplicaba sus conocimientos musicales en un desarrollo prácticamente científico. Cuando compuso el concierto, la paz que le provocaban los paisajes suizos se mezclaban con el recuerdo del folclor ruso en su exilio sentimental en una yuxtaposición de abrumadora exigencia técnica para el violín. Su emoción debía volverse una acción intelectual para posibilitar su eficiencia artística, y al uno por ciento de su inspiración se le debió tratar con un noventa y nueve por ciento de trabajo arduo. El éxtasis se disuelve en la disciplina.


Y, más aún, el violinista que la interpretará debe estar horas y horas frente a su partitura (particella) descifrando el laberinto de notas, fusas y semifusas, encontrando la digitación y movimientos de arco más eficientes, repasando una y otra vez los pasajes más complicados hasta que todo se vuelve una rutina. De nuevo el éxtasis se disuelve en la rutina.


Pero, de pronto, ocurre el milagro. Durante el concierto, la orquesta entera deja su postura de chambismo burocrático y se mueve como un solo ente sensible, el director entra en trance y conecta por misteriosos vasos con el solista, quien, por su propio camino, llega la pasión y el arrebato. Como en el arte zen, luego del arduo entrenamiento que lleva a la perfección interpretativa, los artistas ponen la mente en blanco y se dejan llevar por la cosa, si esto se logra, el espectador llega al nirvana junto con el artista y se completa el círculo: la rutina se disuelve en el éxtasis.


Este estado de gracia lo podemos vivir y desentrañar en el maravilloso filme El gran concierto, en medio de un alrevesado relato fílmico que concluye en la explicación profunda de un suceso artístico y que nos hace partícipes de lo que es entrañable, significativo, sanador para los personajes. Cada cual tiene una historia y una víscera que son activadas por la tierna furia del concierto para violín de Tchaikovsky en una comunión de la belleza trágica y la eficacia de la cosa que, en este caso, es una película inolvidable.


El gran concierto (Francia, Italia, Bélgica, Rumanía, 2010). Dir. Radu Mihaileanu. Con Alexeï Guskov, Dimitry Nazarov y Mélanie Laurent.

jueves, 3 de marzo de 2011

Ensayos de cine//Presunto Culpable









PRESUNTO CULPABLE

armando vega-gil

En México, todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario. El sistema penal, el acorralamiento a leyes anquilosadas y hechas para encubrir a los dueños del dinero y no para proteger al desvalido, son un pudridero. Las cárceles están llenas de pobres y desheredados, muchos de ellos gente inocente que por azar cae en manos de policías perversos que reciben estímulos y premios por resolver crímenes. La policía en México no investiga, sólo cierra casos cueste a quien le cueste, fabrica culpables, inventa procesos y se limpia el culo con los códigos penales. ¿Los abogados? Buitres que rondan las delegaciones y penales para exprimir a gente jodida. ¿Los fiscales? Oligofrénicos burlones que se empeñan en meterte a la cárcel sólo porque esa es su chamba, no porque crean tener la razón. En manos de estos hijos de puta están la garantía del ejercicio de nuestros derechos, la aplicación de la ley, la seguridad de nuestros hijos.


Toño, por ejemplo, trabajaba aquel domingo en el tianguis en su puesto de discos y computadoras. Una multitud de testigos lo vieron trabajar de 10 de la mañana a 6 de la tarde, sentarse a una improvisada mesa a comer, comprar las tortillas, charlar. Paralelamente, en un lugar del que sólo se podía ir y venir en 40 minutos, se comete un asesinato, para ser exactos, a las 3 de la tarde. Era imposible que Antonio estuviera en la escena del crimen. De pronto, horas más tarde, un trío de agentes de la policía federal lo apresan, lo golpean, lo amenazan, lo incriminan: tú eres, cabrón, ya te agarramos. Antonio no tiene idea de qué lo acusan. ¿De qué soy culpable? Los policías no tienen orden de aprensión. Lo único que tienen es a un chico aterrorizado, un menor de edad que declara, sin la presencia de sus padres, que Antonio fue el asesino de su primo. El MP redacta un lagajo monstruoso lleno de anomalías y contradicciones. Los judiciales inventan una historia inverosímil y ésta se levanta en actas y, por el sólo hecho de estar escrita y sellada, se toma como verdadera.


El juez, sin estar presente en el juicio, sólo leyendo el documento ilegal, dicta sentencia: veinte años de prisión.


Pero no todos los abogados son aves de rapiña. Layda Negrete y Roberto Hernández, dos jóvenes estudiantes de derecho, coherentes con sus certidumbres, saben que llevar cámaras de video a los juzgados puede revelar a la opinión pública los vicios y monstruosidades de los procesos penales en México. Ellos se enteran del caso gracias a la novia de Antonio, revisan los expedientes y hacen un levantamiento audiovisula del proceso. Una inconsistencia brutal (¡el caso ocurrido en Iztapalapa había sido llevado por un bufete de abogados de San Juan del Río fuera de su circunscripción!) les permite volver a iniciar el proceso. Y vienen los desahogos de pruebas, los espeluznantes caeros con los policías judiciales que niegan todo, que sufren de una amnesia profunda, donde amenazan y titubean porque ellos están acostumbrados a inculpar e interrogar y no al revés; y vienen los enfrentamientos con el testigo a todas luces extorsionado por dichos policías. Todo comprueba que el proceso está amañado, que los que inculpan mienten, que Antonio es inocente. Pero el juez, la fiscal, los policías, el propio sistema como una bestia abstracta, está empeñado en encerrar a Antonio.


Presunto culpable es el resultado del registro en video del proceso inverosímil de Antonio, un documental espléndido, rabioso, que todos debemos ver para saber que, a pesar de todo, tenemos derechos, ¡carajo!


Presunto culpable (México, 2009). Dir. Roberto Herández y Geoffrey Smith.



Esta nota la escribí antes de que el fantasma monstruoso y prostituido de la censura quisiera acallar la voz de Roberto, Layda, Geoffrey y Antonio. La verdad, sin embargo, sobrevive a la esperanza y a la locura, a la muerte y al silencio. La verdad está allí y no habrá manera de que la callen. No mientras sigamos pegando de gritos por las vías y estaciones del mundo. La verdad nos hará libres.

martes, 15 de febrero de 2011

Ensayos de cine/El Cisne Negro






EL CISNE NEGRO

armando vega-gil


El cisne blanco es diáfano. Su belleza es una lágrima aterida, azul, el gesto atormentado de una joven que viaja en el metro de Nueva York a media noche, en un abandono tristísimo, soledad en estado sólido acerado, atrapada entre sus miedos y pesadillas..., aunque lo suyo no es un sueño sino una tarea tangible, cotidiana, rigurosa: debe volar, sobrevivir. El cisne blanco lucha contra el mundo, pero sobre todo contra sí mismo, por yacer en el espejo clamo de un lago conjetural. Pero no basta ser un cisne blanco, no bastan los latigazos de su perfección de treinta y dos giros fuetté en el escenario del Lincoln Center.


No basta, jamás basta ser lo que somos. Hay que desatar las fuerzas primigenias que nos habitan en un revoltijo de locura y desaforo, de irracionalidad y pasión, de sexo y muerte, para llegar a la plenitud, aunque la plenitud sea un estado pasajero, instantáneo. Habrá que fallecer en el orgasmo para renacer de entre las cenizas de un lecho en llamas. Transitar por el terror de ser perseguido por uno mismo, el yo vuelto un él que negamos en el miedo fantástico de perder la cordura y el control de nuestros actos.


El cisne blanco debe trascenderse, Odette debe trasmutarse en su espejo de oscuridad húmeda y vital: Odile, el cisne negro.


El cisne blanco debe mostrar que el patito feo de la historia en realidad es él: el envidiado, el denostado, el perseguido. Los patitos feos no son capaces de vibrar en una sensualidad cínica y gozosa, no; la belleza verdadera está en las entrañas ebullescentes, en la exploración de los adentros, en la sorpresa angustiante de saber que podemos ser alguien distinto, y gozarnos hasta el delirio en esa otredad, como cuando nos llenamos de miedo y culpas por las monstruosidades cometidas en los viajes del alcohol o la enfermedad, sorprendidos de la lascivia hambrienta de la que nunca nos imaginamos capaces. El cisne blanco es un plumaje de hielo, su rostro es él de una belleza asustada, temblorosa. El cisne negro, en sentido contrario, es un océano de plumas nocturnas, una máscara de labios rojos, sangrantes, aullidos, contorsión en desgobierno.


Pero Odile, el ave negra y salvaje, jamás deja de ser Odette, nunca abandona el cuerpo gélido de su hermana gemela, es el doctor Jekyll acotado por míster Hide; no así, en los espejos multiplicados al infinito, en las sombras, en el jugo amniótico de una tina anegada, el cisne blanco se va abandonando, despedazado de sí, y desde fuera de su cuerpo se mira vuelta otro: en su desdoblamiento, Odette es un ave diferente a sí misma y se multiplica.


El cisne negro es una embriaguez provocada por una brebaje venenoso, la pócima de la vida misma. La victoria de lo mórbido sobre trémulo.


En su perturbadora película, El cisne negro, Darren Aronofsky vuelve metáfora el argumento de El lago de los cisnes, la historia de Odette y Odile en un desdoblamiento de sensualidad animal, lo blanco y lo negro, lo frío y lo más frío, y hace un ensayo sobre la locura vista y asumida como el vómito explosivo de los diferentes yos que nos habitan o son capaces de habitarnos y que, en la racionalidad cotidiana, encerramos a lodo y piedra para no perder el iluso dominio de nuestras frágiles vidas. Pero la vida debe ser un descontrol permanente, un abismarse en los infiernos y paraíso que somos capaces de crear, porque en este mundo asfixiante, más nos vale reconocernos en los otros que somos, y así morir felices en un ritual de sangre negra sobre plumaje níveo; hacer que la hermosa faz del cisne blanco se deforme en un gesto animal y puro en la violencia abismada de El cisne negro.


El cisne negro (EU, 2010). Dir. Darren Aronofsky. Con Natalie Portman, Mila Kunis y Vincent Cassel.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Ensayos sobre nuevo cine mexicano. La Mitad del mundo.




LA MITAD DEL MUNDO

armando vega-gil


La mitad del mundo no está en el Ecuador, ni está en la latitud cero en el vientre inflamando del mundo. La mitad del mundo está en una larga interminable, recta ardiente carretera que divide el paisaje del desierto en dos páramos idénticos en su forma, pero ajenos e incomunicados en cuanto a que uno es el lugar de los hombres pecadores y el otro el de los hombres virtuosos. Mingo está parado en esta franja fronteriza y, asustado salta al lado de los buenos; pero, ¿cómo saber cuál es el lugar de los justos y cuál el de los pecadores si no hay hombres ni mujeres a la vista, sólo la tierra reseca partida por los bofetones del sol de Zacatecas? Más aún, ¿qué es la virtud, qué el pecado?


Mingo no tiene las respuestas, no pude, aunque en el fondo de sí las tiene, porque Mingo es el tonto del pueblo y se ha llevado consigo la mitad del mundo: él está partido en dos, y los hombres y las mujeres que lo rodean son los que saltan de un lado a otro, y todos son buenos y todos son malos, aunque unos son más malos, más mentirosos, más hipócritas, aunque nadie es más bueno, más sincero, más honesto. ¿Cómo distinguir los bondadosos de los perversos si todos hacen y deshacen por igual en ambos lados del mundo? ¿Cómo si a Mingo se le enhiesta y endurece el falo milagroso de tan grande y tenaz cuando va a acostarse a la cama de mamá, su madre sola y vieja que tiene en el hombro una rosa tatuada que no huele a flor sino a carne vieja, a carne sudorosa, y que él hace vibrar a fuerza de vaho descontrolado hasta que ella, su madre abandonada, despierta de su asombro y, con la entrepierna empapada, agarra a chanclazos a este muchacho descarriado que no sabe lo que es el pecado ni la virtud, y para apaciguar las fiebres adolescentes de Mingo le pide prestada al cura a la tonta del pueblo para que Mingo tenga donde depositar sus fuegos y su semen de joven inocente?


Y comienza aquí el viaje de Mingo por su propia franja en La mitad del mundo, y es que en este pueblo los hombres se van largando a trabajar a un otro lado del mundo hasta dejarlo vuelto un desierto atravesado por la línea que es la frontera de Mingo, y las mujeres también brincan de un lado a otro, porque la mitad del mundo es ese pedazote de concupiscencia que se le eleva como un disparo de piedra del bajo vientre cuando las solteras y las viudas y las dejadas se lo juegan en un juego de albures y cartas. Mingo es el silencioso, el que no condena ni vigila, es, simplemente es, sin moral ni conciencia, que es como todos quisiéramos andar por la vida. Pero, los hombres y la mujeres vuelven a Mingo depositarios de sus virtudes, deseos y pecados, porque en el cuerpo de Mingo no existe ni el pecado ni la virtud. El pecado es un engaño, una añagaza, y la virtud es una simulación, una disculpa, una mentira.


Pero los hombres y las mujeres, la madre de Mingo, el cura y el cacique del pueblo no pueden convivir junto a este espejo amoral y puro, transparente en que se me miran desnudos, gozoso y verdes de envidia. Los pocos hombres miedosos y aburridos que quedan en este pueblo han de romper a pedradas y fuego injustos el pecado virtuoso de Mingo, y vuelven al miedo, el temor a Dios y el remordimiento una realidad de dura contundencia.


Mingo, como los viejos santos y beatas de otros mundos y otros tiempos, se vuelve un icono milagroso, un recuerdo canonizado en el corazón de este desierto que es el mundo en el que el pecado y la virtud son los dos lados de una misma moneda. La respuesta no está en saltar a uno u otro lado del mundo, la respuesta es ser en sí mismos La mitad del mundo.


La mitad del mundo (México, 2010). Dir. Jaime Ruiz Ibáñez. Con Hanzel Ramírez y Luisa Huertas.

martes, 1 de febrero de 2011

Un cuentito. Dormir en el concierto.



DORMIR EN EL CONCIERTO

armando vega-gil


Antonio detestaba ir a los conciertos de domingo en la sala Neza, allá en el esplendor del campus de CU. Él hubiera preferido mil veces más vagar por El Espacio Escultórico con sus nietos y tostar su rostro y brazos bajo el sol canicular; pero su mujer había comprado los abonos de la temporada y nada había que hacer. Ella se ponía de gala. Él siempre iba de guayabera en inocua sublevación. Y se preguntaba con incomodidad: ¿por qué los directores de la sinfónica no escogían en sus repertorios algo de la vitalidad barroca de Bach o Hendel para avivarlo? ¿Por qué interpretar siempre a esos estirados de Berlioz, Schuman o Brahms que lo hacían bostezar con su languidez presuntuosa?


Y es que, luego del bostezo, venía el irremediable cabezazo y, a continuación, los ronquidos. Su esposa ardía de vergüenza y lo agarraba a indiscretos codazos, a veces le conectaba un pellizco o dos pisotones. Antonio despertaba asustado, con un mareo que de golpe lo desubicaba en medio de un rugido de timbales y la escandalera de los cornos... Y sufría, sufría en la pequeña prisión de la butaca, con las manos y el rostro hormigueándole, con aquella involuntaria fuerza centrípeta que le sorbía los ojos rumbo al cerebelo y le clausuraba los párpados con dos pesas de plomo.


Un domingo de concierto, disuelta la madrugada en su vieja habitación de la casa de Chimalistac, su esposa no despertó. Seguiría dormida para siempre, tal y como él no podría hacerlo ya más.


El velorio y el funeral fluyeron con densidad de glicerina en una hipodérmica.


Esa semana, los hijos estuvieron junto a papá Antonio en períodos breves, escalonados. Sus cuñadas que aullaban de pena y los sobrinos que contaban chisten en los pasillos de Galloso ya habían trazado para el miércoles una frontera de luto y lejanía. Llegado el jueves, Antonio envejeció de golpe y supo que estaba completamente solo, sin poder dormir ni de noche ni de día pues lo acosaban el peso húmedo del silencio, el hueco que había dejado su mujer en la cama, la cocina con sus hornillas heladas. El día viernes llegó vuelto un tsunami de angustia, y para el sábado Antonio vaticinó su pronta muerte.


Pero el domingo ocurrió algo fuera de programa. Sus hijos decidieron hacer una comilona express tanto para consolar sus propios duelos como para acompañar urgentemente a papá, pues temprano en la mañana dos de ellos habían telefoneado con él y, por igual, notaron algo no recomendable. Antonio les dijo que sí, que no se preocupara, ya los alcanzaría en el descampado de siempre en el Ajusco, pero antes tenía un quehacer.


Subió a su Ford 86, tomó por Insurgentes Sur y dobló al Centro Cultural Universitario. Se estacionó en la puerta 3 y bajó: frente a él, por un lado, estaba el senderito al Espacio Escultórico; por el otro, el andador que lo pondría frente a la sala Nezahualcóyotl. Por puro reflejo, palpó una bolsa de su guayabera, encontró su abono y, sin pensarlo, se fue a la sala de conciertos.


Iban a dar la Quinta de Mahler.


Cuando llegó el adagio con su arpa milagrosa, Antonio sintió el fantasma del sopor fluyendo de su cabeza al centro de la nada. El insomnio había bajado la guardia, y, en lugar de bostezar avergonzado y luchar contra los cabezazos, Antonio se acurrucó en la libertad de su butaca y se dejó vencer por el sueño. La música lo arrullaba con dedos suaves, tibios, y en el paisaje onírico se presentó su esposa: lo abrazaba. Él recargó su cabeza en el pecho de senos generosos y durmió como nunca, con el privilegio de ser acompañado por el cobijo de una orquesta filarmónica, como un príncipe recostado en una cama maternal y mágica.


Los aplausos lo despertaron. Antonio sonrió y amó más que nunca a su esposa.


Ahora, todos los domingos, se ve a un buen hombre que va a los conciertos con el único propósito de dormir y soñar con su mujer entre la caricia de los cellos y el oxígeno del oboe.


Antonio jamás volvió a roncar.