martes, 1 de febrero de 2011

Un cuentito. Dormir en el concierto.



DORMIR EN EL CONCIERTO

armando vega-gil


Antonio detestaba ir a los conciertos de domingo en la sala Neza, allá en el esplendor del campus de CU. Él hubiera preferido mil veces más vagar por El Espacio Escultórico con sus nietos y tostar su rostro y brazos bajo el sol canicular; pero su mujer había comprado los abonos de la temporada y nada había que hacer. Ella se ponía de gala. Él siempre iba de guayabera en inocua sublevación. Y se preguntaba con incomodidad: ¿por qué los directores de la sinfónica no escogían en sus repertorios algo de la vitalidad barroca de Bach o Hendel para avivarlo? ¿Por qué interpretar siempre a esos estirados de Berlioz, Schuman o Brahms que lo hacían bostezar con su languidez presuntuosa?


Y es que, luego del bostezo, venía el irremediable cabezazo y, a continuación, los ronquidos. Su esposa ardía de vergüenza y lo agarraba a indiscretos codazos, a veces le conectaba un pellizco o dos pisotones. Antonio despertaba asustado, con un mareo que de golpe lo desubicaba en medio de un rugido de timbales y la escandalera de los cornos... Y sufría, sufría en la pequeña prisión de la butaca, con las manos y el rostro hormigueándole, con aquella involuntaria fuerza centrípeta que le sorbía los ojos rumbo al cerebelo y le clausuraba los párpados con dos pesas de plomo.


Un domingo de concierto, disuelta la madrugada en su vieja habitación de la casa de Chimalistac, su esposa no despertó. Seguiría dormida para siempre, tal y como él no podría hacerlo ya más.


El velorio y el funeral fluyeron con densidad de glicerina en una hipodérmica.


Esa semana, los hijos estuvieron junto a papá Antonio en períodos breves, escalonados. Sus cuñadas que aullaban de pena y los sobrinos que contaban chisten en los pasillos de Galloso ya habían trazado para el miércoles una frontera de luto y lejanía. Llegado el jueves, Antonio envejeció de golpe y supo que estaba completamente solo, sin poder dormir ni de noche ni de día pues lo acosaban el peso húmedo del silencio, el hueco que había dejado su mujer en la cama, la cocina con sus hornillas heladas. El día viernes llegó vuelto un tsunami de angustia, y para el sábado Antonio vaticinó su pronta muerte.


Pero el domingo ocurrió algo fuera de programa. Sus hijos decidieron hacer una comilona express tanto para consolar sus propios duelos como para acompañar urgentemente a papá, pues temprano en la mañana dos de ellos habían telefoneado con él y, por igual, notaron algo no recomendable. Antonio les dijo que sí, que no se preocupara, ya los alcanzaría en el descampado de siempre en el Ajusco, pero antes tenía un quehacer.


Subió a su Ford 86, tomó por Insurgentes Sur y dobló al Centro Cultural Universitario. Se estacionó en la puerta 3 y bajó: frente a él, por un lado, estaba el senderito al Espacio Escultórico; por el otro, el andador que lo pondría frente a la sala Nezahualcóyotl. Por puro reflejo, palpó una bolsa de su guayabera, encontró su abono y, sin pensarlo, se fue a la sala de conciertos.


Iban a dar la Quinta de Mahler.


Cuando llegó el adagio con su arpa milagrosa, Antonio sintió el fantasma del sopor fluyendo de su cabeza al centro de la nada. El insomnio había bajado la guardia, y, en lugar de bostezar avergonzado y luchar contra los cabezazos, Antonio se acurrucó en la libertad de su butaca y se dejó vencer por el sueño. La música lo arrullaba con dedos suaves, tibios, y en el paisaje onírico se presentó su esposa: lo abrazaba. Él recargó su cabeza en el pecho de senos generosos y durmió como nunca, con el privilegio de ser acompañado por el cobijo de una orquesta filarmónica, como un príncipe recostado en una cama maternal y mágica.


Los aplausos lo despertaron. Antonio sonrió y amó más que nunca a su esposa.


Ahora, todos los domingos, se ve a un buen hombre que va a los conciertos con el único propósito de dormir y soñar con su mujer entre la caricia de los cellos y el oxígeno del oboe.


Antonio jamás volvió a roncar.

4 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

    ResponderEliminar
  2. Lindo cuentito y gracias por compartirlo con el respetable, yo veo tus publicaciones por "feisbuc" o por msn pero no he podido acceder para publicar mis comentarios.

    ResponderEliminar
  3. Me gustó el cuento! Casi puedo caminar junto a Antonio por esos lugares tan de CU, y a eso agregue que hoy lo admiro y lo respeto más por la sencillez y humildad que demostraste! wooow!

    Con una situación similar a la de hace 10 minutos, me gané la enemistad de dos maestros en la facultad de filos :(
    Como que no les gustó que la alumna hiciera una pequeña observación sobre su trabajo...

    Armambo! Geniial!!

    ResponderEliminar
  4. Armando,
    Chido tu cuento. Te comento por Blogger porque no te puedo agregar en Face...tendré que seguirte el paso por acá.

    Saludos!

    ResponderEliminar