sábado, 18 de diciembre de 2010

FÁBULAS DEL URBANODONTE


ABRAZAR UN ÁRBOL

armando vega-gil


Rafael estaba feliz con su departamento arbolado, a pesar incluso de la mala sangre de algunos vecinos que enturbiaban el ambiente con sus rostros amargos y voces de aguijón.


Sembrada en la tercera planta, la pared sur de su piso era un ventanal enorme que daba a una callecita aledaña a los Viveros de Coyoacán. Por las mañanas, él salía a correr bajo aquellas frondas de ahuehuetes y fresnos que por las noches sugerían danzas aún más voluptuosas que las de cualquier table dance para burócratas indolentes, lo que vitalizaba su destrabada vida sexual de recién divorciado. La pared oriente, la de su recámara, daba a una extensión virtual de los Viveros que estallaba en la copa inmensa de un sauce solitario y frondoso plantado en un patio compartido con otros edificios. Y era tan espeso el follaje, y daba tan de frente a su ventana, apartando sus intimidades de la vista de los chismosos, que no necesitaba usar cortinas, por lo que, sin reparo, podían andar desnudos por su hogar él y sus amigas. Adán en su paraíso. De hecho, por un misterio que agradecía a los dioses --en los cuales no creía, pues se proclamaba agnóstico--, Madrid, la callecita angosta que daba a su casa, apenas unos metros a la izquierda cambiaba abruptamente el sentido de su único carril, por lo que el pesado tránsito de la región se cancelaba allí mismo.


Y nombró Saúl al sauce aquel en un acto hierático y provocador, pues había luchado contra un grupo de vecinos miopes que querían derribarlo desde hacía más de un año para ampliar el estacionamiento.

--¿Cómo pueden ser tan idiotas? --se decía--, si lo que falta en la ciudad son árboles que purifiquen el aire y lo que sobran son carros que lo envenenan.


Y fue tan coherente con su decisión, que le regaló su Mini Cooper a un primo de Guanajuato y se consiguió una bicicleta Benotto Launge muy simpática.


El día que hizo este ritual ecologista, se quedó toda la tarde tumbado en la cama con una amiga muy querida, viendo a Saúl a través de la ventana.


María era una mística, militante fanática del reiki y el yoga kundalini.


--Si lo quieres tanto --dijo ella, retando el descreimiento de Rafa-- vístete y sal a darle un abrazo. Eso te conectará a la tierra. Ya es hora de que vayas creyendo en algún Dios.


Y, claro, Rafael no lo hizo.


Por eso fue tan duro y demoledor el golpe conectado en directo a su corazón cuando, regresando de una gira, encontró su ventana oriente abierta a la mirada inquisitorial de los vecinos que habían aprovechado la ausencia del roquero sospechoso para talar al ras del suelo a Saúl. Rafa hizo un escándalo tremendo, pateó puertas, rompió a pedrada limpia dos ventanas, se agarró a moquetazos con uno. El pleito llegó a una sala de la delegación y terminó en nada. Por la noche, Rafael se fue a llorar a la mesa mutilada del tronco arrebatado. De pronto, en un rincón, Rafa vio una minúscula rama que el señor de la basura no había secuestrado: era un bracito de Saúl.


Rafael lo subió de prisa a su departamento, lo puso en un vaso de agua y le telefoneó a María para salvar el rastro del árbol. El ritual fue sencillo: Rafa abrazó la pequeña rama y le cantó hasta la madrugada.

Un año después, la ramita es una señora rama que ha echado raíces hidropónicas, y Rafa espera con paciencia el día en que pueda trasplantarla para, en un descuido de sus estúpidos vecinos, abrir a sangre y fuego un boquete en medio del estacionamiento y sembrar allí al hijo de Saúl, quien, dentro de cincuenta años, hará posible que las nietas de Rafa quiten las cortinas de la recámara oriente del abuelo y puedan andar desnudas con sus novios, a ventana abierta, lejos de las miradas turbias de los enemigos de la libertad y los paraísos.


2 comentarios:

  1. Simplemente sublime.
    Bello y arrollador.
    ¿Dónde está el amor, sino en lo más simple?
    Ojalá algún día tenga a mi Saúl.
    Para ser un Adán.
    Gustazo.
    Saludos!

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