miércoles, 4 de mayo de 2011

Ensayos de cine / Rehje




REHEJE

armando vega-gil


En mi tierra, la tierra mazahua, el hambre nos persigue como un perro.


Nos muerde esa hambre amarilla los talones, las gargantas y las tripas que ladran y se tuercen de tan deshabitadas. En mi tierra engañamos la barriga y las entendederas con una tortilla con sal, moliendo los dientes-granos de las mazorcas negras y blancas y doradas para hacer la pulpa feliz de la masa y no morir de tristeza, porque aquí aunque sea un rinconcito, una tortilla con sal, pero, ¿cómo comer esos disco cotidianos que se ampollan en el comal si los dientes-granos de mis encías estarán tarde o temprano ausentes, como ausentes están mis hijos que se han ido para siempre, esos hijos que —porque así lo marca la vida y sus navajas— no tienen más recuerdos de mí que los de un pasado del que se huye y se huye hasta que la amnesia los olvida a ellos mismos.


En mi tierra la soledad nos persigue como un perro.


Y una a una las mujeres de mi tierra, solas, muy solas, pero acompañadas en nuestras horas y sus quehaceres, vueltas flacas tribus reencontradas, familia remendada, adentradas en el abandono como el final sin opción de nuestra vida, nos miramos a los ojos con un llanto que viene de muy adentro, de muy atrás, desde los tiempos de nuestras abuelas, tan adentro y tan afuera como los golpes de los hombres brutales que nos raptan y nos hacen suyas sin permiso de nadie, ni de nosotras mismas.


En nuestra tierra los hombres nos persiguen como perros.


Pero al final ellos se van, ya que nos han devorado la vida entera, ya que nos han husmeado las entrañas y llenado de hijos, mudan su estancia, y dejan este llano moribundo porque no hay futuro, porque nadie quiere vivir solo en su pasado. O se mueren o se largan porque no hay trabajo, porque no hay comida, porque aquí no hay agua.


En mi tierra el viento, la sed, la sequía nos persiguen como una jauría de perros.


Entonces nosotras, las mujeres supervivientes, también dejamos esta tierra hermosa de tan triste y nos dejamos devorar por el monstruo de la ciudad. Dejamos que nuestro color de piel se vuelva ceniza de concreto. Nosotras, las mujeres mazahuas, las que no bajamos la vista por más les afrente nuestra lengua y nuestros vestidos, por más nos nieguen, porque aquí estamos, solas, más solas que en la soledad de nuestra tierra, porque aquí nadie te conoce, aquí nadie te saluda como en nuestra tierra: si un día te mueres, nadie vendrá por tu cuerpo, nadie te echará de menos. Pero, ¿qué otro remedio tengo si lo que hago aquí, trabajar y sobrevivir, es lo que jamás haré en mi tierra? Entonces me echo a llorar, porque en las banquetas y en los andenes metálicos del Metro no se elevarán jamás esos tres árboles poderosos de mi infancia, allí donde iba a columpiarme en mi faja y mi rebozo, que de tan contenta los olvidaba, y los olvidaba porque sabía que mi padre los recogería por mí; porque él era un buen hombre, y reía y contaba historias que nadie creía. Estás borracho, padre, decíamos, y sí, estaba borracho y así hubo de morir. Por eso mi hermana huyó, por eso fui tras ella para ayudarla con sus hijos que florecían como ciegos frutos de ciudad y que, finalmente se irían de casa, porque en mi tierra (que es el recuerdo de mi patria sedienta en esta urbe hostil y vengativa) todos se van, incluida yo, que ya no puedo regresar con mi madre y mi tía, porque no hay futuro ni presente en la tierra mazahua, y hay que ir al cerro a podar los árboles para hacer del fuego una ramal retorcido, andando por esos caminos inmensos como los recuerdos que se deslizan por los surcos desnudos, por los ríos desangrados por las presas y las grandes ciudades que sitian este paraíso de tolvaneras que es mi tierra, esas ciudades en que me dejo devorar para no poder regresar más que en suspiros a mi tierra.


En mi tierra, los sueños nos persiguen como perros, y nosotras perseguimos esos sueños sin alcanzarlos jamás.

Rehje (México, 2009). Dir. Anaïs Huerta y Raúl Cuesta. Documental.

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